Si no tienes cuidado, la presencia constante de necesidades visibles puede comenzar a transformar tu ministerio lentamente.
Los plantadores de iglesias viven en medio de la necesidad.
Lo sientes desde los primeros días. Hay necesidades prácticas, económicas, relacionales, de liderazgo, de instalaciones, de comunidad, de matrimonio, de crianza, de consejería y la lista sigue. Hay días en los que parece que todos llevan algo pesado y buscan tu ayuda. Otros días, eres tú quien lleva algo pesado y te preguntas quién te ayudará.
Eso forma parte de la obra. La plantación de iglesias te acerca al quebranto. Pero si no tienes cuidado, la constante presencia de necesidades visibles, puede lentamente comenzar a darle forma a tu ministerio. Puedes pensar equivocadamente que la necesidad más urgente es la más importante. Puedes terminar construyendo tu ministerio en torno a lo que es más ruidoso, más obvio e inmediato.
Esa es una de las razones por las que me encanta Marcos 2:1-12.
Este pasaje es muy conocido. Jesús está en Capernaúm. La casa está llena de gente. Cuatro hombres llevan a su amigo paralítico hasta él. No pueden entrar por la multitud, así que suben al techo, abren un hueco y descienden al hombre justo delante de Jesús. Es una de las escenas más memorables de los Evangelios.
Pero esta historia hace mucho más que mostrarnos un milagro impresionante. Nos revela el corazón de la misión de Jesús y el tipo de personas que los plantadores de iglesias debemos ser si vamos a servir fielmente esa misión.
Las Personas Necesitan la Palabra.
Marcos nos dice que cuando Jesús regresó a Capernaúm, la multitud volvió a reunirse de tal manera que ya no quedaba espacio, ni siquiera junto a la puerta. ¿Y qué estaba haciendo Jesús?
“Les predicaba la Palabra”. (Marcos 2:2)
Ese detalle es importante.
Las personas venían con todo tipo de necesidades. Algunos sentían curiosidad. Algunos estaban desesperados. Algunos esperaban recibir sanidad. Otros llegaban por las historias y rumores que circulaban. Pero una y otra vez, Jesús siguió dándoles la Palabra.
¡Eso debería captar toda nuestra atención!
Jesús conoce mucho mejor que nosotros la necesidad de la gente. Él no es indiferente al sufrimiento. No está distante del quebranto. No desconoce el dolor que hay en la sala. Pero Él sabe cuál es la necesidad más profunda y por eso les da lo que más necesitan.
Él les da la Palabra.
Plantador de iglesias, no pases por alto la bondad de Dios en esto. La Palabra no es un premio de consolación. No es un sustituto temporal. No es Jesús diciendo: “Esto tendrá que bastar por ahora”. Él da su Palabra porque su Palabra lo revela. Su Palabra expone el corazón. Su Palabra dirige a los pecadores al Evangelio. Su Palabra ancla a los santos en la verdad. Su Palabra nos recuerda que todo lo que necesitamos para la vida, la esperanza, el perdón, el propósito y la salvación se encuentra en Él.
Por eso nunca debemos construir nuestras iglesias alrededor de trucos, personalidades o de las necesidades percibidas del momento. Nosotros necesitamos la Palabra de Dios. Nuestra gente necesita la Palabra de Dios. Nuestra ciudad necesita la Palabra de Dios.
Léela. Predícala. Enséñala. Órala. Cántala. Memorízala. Construye tu iglesia sobre ella. En una cultura de plantación de iglesias que a menudo premia la novedad y la rapidez, Marcos 2 nos recuerda que Jesús continuó haciendo fielmente la misma obra: Él predicó la Palabra.
Las personas necesitan fe y amigos.
Luego, Marcos presenta a cuatro hombres que cargan a un amigo paralítico. No se nos dice mucho acerca de ese hombre. No conocemos su historia. No sabemos si su parálisis fue por un accidente, una enfermedad o una condición de nacimiento. Sólo sabemos esto: él no podía llegar a Jesús por sí mismo.
Eso, ya predica por sí solo.
Cualquier plantador de iglesias conoce a personas así. No necesariamente paralizadas físicamente, pero sí impotentes espiritualmente. Incapaces de salvarse a sí mismas. Incapaces de arreglar lo más profundo que hay en ellas. Incapaces de llegar a Jesús por su propio esfuerzo.
Y luego están los cuatro amigos.
Llegan a la casa y descubren que la multitud hace imposible el camino habitual. No pueden entrar por la puerta. La mayoría de las personas se habría rendido. “Lo intentamos”. “Será en otra ocasión”. “Había demasiada gente”. “No encontramos la manera de entrar”.
Pero estos hombres no actuaron así.
Subieron al techo. Abrieron un hueco. Bajaron a su amigo justo delante de Jesús.
¡Qué extraordinaria imagen de fe!
Su fe fue perseverante. El obstáculo no los detuvo. Su fe fue creativa. Cuando el camino habitual estaba bloqueado, encontraron otro modo. Su fe fue sacrificial. Cargar a un hombre adulto, subirlo por el techo, abrir un hueco y probablemente pagar por las reparaciones no era nada cómodo. La fe rara vez lo es.
Los plantadores de iglesias también necesitamos ese tipo de fe.
Decimos creer que Jesús es la única esperanza para nuestros vecinos, nuestras ciudades, nuestros amigos y las naciones. Pero la fe verdadera se mueve. La fe verdadera actúa. La fe verdadera se niega a quedarse paralizada por los obstáculos. La fe verdadera sigue buscando maneras de llevar a las personas a Jesús.
Habrá momentos en la plantación de iglesias en los que se cerrarán puertas, los planes fallarán, disminuirá la asistencia, algunos líderes te decepcionarán y las estrategias no funcionarán. En esos momentos, es fácil volverse pasivo, cínico o demasiado calculador. Pero los hombres de Marcos 2 nos recuerdan que la fe no consiste solamente en creer las cosas correctas. La fe consiste en creerlas tan profundamente que tu vida empieza a moverse conforme a lo que crees.
Las personas necesitan el perdón de sus pecados.
Entonces viene la frase más impactante del pasaje.
“Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. (Marcos 2:5)
Eso no era lo que nadie esperaba oír.
El hombre estaba paralítico. Todos en la sala creían que el problema evidente era el más importante. Pero Jesús veía mucho más profundo que la multitud. Veía más profundo que los amigos. Incluso veía más profundo que el hombre tendido en la camilla.
Él abordó primero la necesidad más profunda.
Aquí es donde los plantadores de iglesias debemos prestar mucha atención. Las personas realmente tienen cuerpos rotos, historias rotas, relaciones heridas, sistemas dañados y comunidades fracturadas. Debemos preocuparnos por esas cosas. Jesús lo hizo. Nunca debemos usar la prioridad del Evangelio como excusa para la frialdad o la indiferencia.
Pero también debemos recordar que, por muy visible que sea el dolor, el problema más profundo del ser humano no es circunstancial. Es espiritual.
El hombre paralítico necesitaba caminar. Pero, más aún, necesitaba ser perdonado. Eso no minimiza el sufrimiento. Simplemente lo sitúa en el orden correcto.
Un cuerpo sano que no está reconciliado con Dios aún sigue en camino al juicio. Una vida restaurada, pero sin el perdón de los pecados sigue eternamente perdida. Jesús lo sabía. Por eso habló primero a la necesidad más profunda.
Los plantadores de iglesias debemos recordar esto. Debemos alimentar al hambriento, pero no como si el pan fuera el mayor milagro. Debemos cuidar los matrimonios, pero no como si la paz relacional fuera el bien supremo. Debemos buscar la justicia, la misericordia, la restauración y el bienestar en los lugares donde plantamos, pero nunca olvidar que debajo de cada fractura visible hay una ruina más profunda: el pecado.
El Evangelio es no menos que la compasión práctica. Pero siempre es mucho más.
El Evangelio no es solamente: “Aquí tienes un sándwich”. La realidad del Evangelio es que la gracia de Dios me ha transformado de tal manera que ahora me mueve a alimentar al hambriento y a hablarle de Cristo, quien puede salvar su alma.
El Evangelio no es simplemente: “Aquí tienes un pozo de agua”. El fruto del Evangelio es que Dios ha cuidado de mí en Cristo y, por eso, cuido de ti de una manera que apunta más allá de sí misma hacia el agua viva que sólo Jesús puede dar.
La palabra y la acción van juntas. Pero la acción no es el poder. El Evangelio es el poder. La acción es la evidencia de que el Evangelio nos ha cautivado.
Plantador de iglesias, nunca pierdas esto de vista. Jesús no es meramente un ayudador para vidas rotas. No es solo un maestro compasivo o un fabricante de milagros. Él es el Hijo del Hombre con autoridad en la tierra para perdonar pecados. Ese es Aquel a quien predicamos. Ese es Aquel a quien ofrecemos. Ese es el fundamento sobre el cual deben edificarse nuestras iglesias.
Si tu ministerio se centra únicamente en mejorarle la vida a las personas, en elevar su moral o en la utilidad social, quizá todavía atraigas multitudes. Pero, con el tiempo, terminarás oscureciendo precisamente la gloria que este pasaje quiere revelar.
Las buenas noticias del cristianismo no son simplemente que Jesús puede hacer la vida mejor. Es que Jesús perdona a los pecadores. Esa es la mayor necesidad de todos los que conocemos, servimos y evangelizamos. Dales a Jesús. Muéstrales a Jesús.
Published agosto 31, 2026